FUENTE: http://comunidad.terra.es/blogs/cine/archive/2008/05/17/cannes08laimportanciadellamarsewoody.aspx

CANNES ’08: LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE WOODY

En España, Woody Allen sigue siendo adorado y considerado un maestro, aunque, cada vez más, sus películas carezcan de la energía y el ingenio cómicos de antaño. No sólo pasa en España. En Italia también pasa. En Francia también, y quedó demostrado anoche mismo, en la proyección para la prensa de su nueva película, que se llama Vicky Cristina Barcelona pero que, a modo de protesta por un título tan imbécil, a partir de ahora llamaré VCB. Resultó bastante desconcertante comprobar cómo la gente se deshuevaba contemplando escenas que ni siquiera parecían concebidas para resultar graciosas. Es lo que pasa cuando una platea está tan entregada y predispuesta ante una película. Sencillamente, se ve con otros ojos.

A lo largo de la última década, lo de Woody Allen ha sido un proceso de decrepitud obvio. Cada crítica de cada nuevo trabajo suyo ha ido incluyendo un lamento por el bajón creativo acusado por el cineasta respecto a su buena época. Entonces dirigió Match Point y la prensa, con más ganas de redimirlo que verdaderos motivos, se enamoró de él otra vez, aunque el calentón empezó a desvanecerse unos meses después, con el estreno de Scoop. Lo de Cassandra’s Dream ya fue el acabose. VCB es mejor. Pero no mucho.

De todos modos, resultó aliviante comprobar que el viejo no ha caído tan bajo como todos los augurios hacían esperar. Había motivos para temerse lo peor y no solo por ese título innombrable. Las noticias y rumores que el rodaje de la película en Barcelona fue acumulando hacían esperar de VCB algo parecido a una Lonely Planet sobre la ciudad. Y el caso es que, en cierta medida, lo es. Mientras en la banda sonora una imitadora de Bebe no hace más que repetir “Barselona, Barselona”, a modo de product placement se suceden escenas que muestran toda la obra arquitectónica de Gaudí en la ciudad, la Rambla, el puerto, el Macba y casi todos los spots turísticos barceloneses, y hasta asoman la cabeza, durante más a menos medio segundo de reloj dos iconos de la cultureta como Lloll Bertran y Joel Joan. Los personajes van a conciertos de guitarra española, se mueven a través de casas estupendas y hasta por unas impolutas calles del Borne donde unas prostitutas simpatiquísimas se hacen fotos con ellos. Todo es bastante postizo. Definitivamente, Woody Allen no tiene ni pajolera idea de Barcelona.

Si hablamos de la historia, se puede resumir así: dos turistas yanquis –Vicky (Rebecca Hall), la intelectual petulante, y Cristina (Scarlett Johansson), la inmadura salida— llegan a Barcelona siendo unas desgraciadas, pasan un tiempo en la ciudad y, cuando regresan a casa, son todavía más desgraciadas. Para demostrarlo, Allen pone en escena una serie de postales sentimentales que en conjunto podrían definirse como una comedia sexual salvo por el hecho de que en ella no hay follisqueo –sí un beso entre Pe y Scarlett, pero es muy inocente— y tampoco mucha comedia, si bien la colección de tópicos propios de los enredos románticos que el cineasta maneja funciona mejor si se le presupone un distanciamiento autoconsciente que no queda nada claro, excepto, eso sí, en los memorables intercambios de golpes entre ese latin lover imposible que interpreta Bardem –un tipo que pinta, que escribe, que conduce un Alfa Romeo descapotable de coleccionista y que pilota aviones– y esa psicópata emocional que Penélope Cruz convierte en lo mejor de la película.

Publicado sábado, 17 de mayo de 2008 13:32 por magefesa
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